Todos cuantos viajamos por Bolivia, nos sentimos cautivados por el despliegue mágico de paisajes, colores y costumbres que se combinan en este país tan pobre como fascinante. Pero para los que no nos damos por satisfechos con los pintoresquismos de las postales clásicas, el altiplano presenta también uno de los enigmas más desconcertantes del mundo.
Estamos hablando de la mítica ciudad de Tiahuanaco. Esta ciudad enclavada en el altiplano boliviano al sur del lago Titicaca, que ya estaba en ruinas desde hacía siglos al momento de ser conquistada por los Incas, presenta una serie de interrogantes sumamente incómodos para el pensamiento académico hegemónico, que data la construcción de la ciudad hace tan solo 2000 años. No obstante, no hay evidencia ni conocimiento alguno sobre quiénes fueron los creadores de dicha civilización ni cuál fue su destino.
Lo que se puede establecer sobre Tiahuanaco, es que fue concebido por individuos que sabían mucho de astronomía, que conocían perfectamente el eje geográfico de la Tierra y que tuvieron astrónomos que estudiaban las estrellas con el equivalente de modernos telescopios: reflectores y lentes. Asimismo, la ciudad fue también la sede de un colegio de cirujanos que llevaban a cabo operaciones en el cerebro con cuchillos de bronce.
Uno de los principales exploradores de Tiahuanaco fue el austríaco Arthur Posnansky (1873-1946), de quien tuve el gran honor de ser discípulo. Este científico tan incómodo y controvertido, determinó que la ciudad tuvo que haber sido construida hace aproximadamente 17.000 años. Posnansky llegó a esta fecha al calcular la elíptica del complejo ceremonial y astronómico de Kalasasaya, cuya alineación cósmica actualmente desfasada, correspondía perfectamente al 15.000 AC, cuando habría sido construida totalmente alineada con los principales cuerpos celestes de ese momento.
Otras de las evidencias que infieren un pasado mucho más remoto a la ciudad, están esculpidas en la Puerta del Sol.
Esta escultura, es un monumento construido en un único bloque de piedra de más de 10 toneladas y cuyo motivo principal consiste en cuarenta y ocho figuras cuadradas colocadas en tres filas que rodean un ser que representa un dios volador. En la tercera columna de la parte derecha, se observa la cabeza de un elefante y esto es sorprendente pues no existen elefantes en América, aunque si habían existido en tiempos prehistóricos. Los miembros de una especie llamada Cuvieronius, de aspecto extraordinariamente similar a los “elefantes” de la Puerta del Sol, habían abundado en la zona meridional de los Andes, hasta su repentina extinción hacia el 10.000 a.C. Esta no era la única figura de animal esculpida en la Puerta del Sol, pues también estaban representadas otras especies extintas. Una de ellas fue identificada como perteneciente al género Toxodón, un mamífero anfibio bajo y grueso, dotado de tres dedos, que media casi tres metros de largo y uno y medio de altura, parecido a un cruce entre rinoceronte y un hipopótamo. Al igual que el Cuvieronius, estos mamíferos habían prosperado en Sudamérica en el plioceno tardío (hace 1,6 millones de años) y se habían extinguido a fines del Pleistoceno, hace unos 12.000 años.
Otro monumento desconcertante de Tiahuanaco es un mural con caras esculpidas, las cuales no eran de tipo amerindio ni iguales entre sí, sino que representan cada una a un tipo humano diferente, puesto que hay figuras que tienen labios finos, otros hinchados, algunas narices largas, otras aguileñas, algunas orejas delicadas, otras gruesas, algunas facciones suaves, y otras angulares. Según cuentan las leyendas, cada una de estas cabezas representa a cada una de las naciones que el dios Viracocha se propuso crear. De este modo, podemos inferir también que estas esculturas representarían los tipos humanos existentes en el mundo en esos momentos. En todo caso, esta idea nos da a entender que el escultor tenía conocimientos amplios sobre esos tipos humanos y ello presupone unas comunicaciones a nivel mundial.
Pero los misterios no terminan aquí. La mitología asociada a Tiahuanaco es tan desconcertante y sugerente como los restos físicos (a pesar de que algunas leyendas parecieran contradecirse entre sí, no por ellos cabe desecharlas de entrada, puesto que la ambigüedad y la confusión es una de las características de los relatos orales).
Una de las más antiguas referencias europeas a este lugar procede del cronista de los conquistadores españoles, Pedro Cieza de León (1518-1560), quien en su incompleta obra “Crónicas del Perú” afirmaba lo que le contaron sus guías aymaraes de que “Tiahuanaco se edifico antes del diluvio, en una sola noche, por gigantes desconocidos (…) Los gigantes vivieron aquí en soberbios palacios. Pero por no hacer caso a una profecía de los adoradores del Sol, fueron devorados por sus rayos y sus palacios se vieron reducidos a ruinas”. No solo es inquietante la referencia al diluvio, sino también a los gigantes pecadores, también citados en la biblia con el nombre de Nephilim. También existe la leyenda inca en la que se cuenta que Tiahuanaco fue construida en una sola noche por el Noé de la región, un pastor que sobrevivió al diluvio. Al respecto, Posnansky afirmó haber encontrado evidencia de que hace 12.000 años ocurrió en la región un terrible cataclismo que inundó la ciudad propiciando su destrucción.
Otra de las leyendas aymaraes, cuenta que durante la época de los brutos gigantes, una diosa llamada Oryana procedente del cosmos se mezcló con algunos de estos gigantes para incrementar su capacidad intelectual y engendró con ellos setenta hijos con cerebro igual al suyo, capaz de cualquier logro y proeza a su imagen y semejanza. Oryana, considerada la gran madre de la humanidad, vivió con ellos 200 años y luego se marchó en un barco espacial. El otro gran dios de la mitología andina es Viracocha (Thunupa en su versión aymará). La leyenda cuenta que este gran dios creó el mundo cuando estaba todavía oscuro y no había sol; esculpió una raza de gigantes de la piedra, y cuando lo disgustaron, los hundió en una fuerte inundación. Entonces hizo que el sol y la luna se levantaran por sobre el lago Titicaca, para que hubiera luz en la tierra. Entonces modeló figuras de arcilla de hombres y animales y les insufló la vida. Después, instruyó a las criaturas vivientes en idiomas, costumbres y artes, y finalmente hizo volar a algunos a diferentes continentes a donde se suponía debían habitar de allí en adelante. Después de esta tarea, el dios Viracocha junto con cinco asistentes de ojos azules y barba, viajaron a muchos lugares para ver si sus instrucciones habían sido seguidas y ver qué resultados habían tenido. Los conquistadores españoles que conquistaron Centro y Sud América se encontraron con las historias de Viracocha por todos lados. Nunca antes habían escuchado de los barbados hombres blancos que vinieron de algún lugar del cielo. Llenos de asombro, aprendieron sobre una raza de hijos del sol que instruyeron a la humanidad en todo tipo de artes y desaparecieron nuevamente. Y en todas las leyendas que escucharon los españoles estaba la certeza de que los hijos del sol volverían.
Estas leyendas, entre muchas otras muy similares a lo largo del mundo, llevaron al polémico investigador Erich Von Daniken a sugerir que la tierra fue visitada en un pasado remoto por extraterrestres, que mediante ingeniería genética crearon a la especie humana y la instruyeron en sus conocimientos.
Como corolario, cabe mencionar algo sobre el idioma aymará. Modernos estudios lingüísticos, sugieren que la lengua aymara no solo es muy antigua, sino que se trata de un “invento” creado de forma intencionada y muy hábil. Uno de los rasgos más interesantes de esta lengua, es el carácter artificial de su sintaxis, rígidamente estructurada y poco ambigua, hasta el extremo de resultar inconcebible en una lengua “orgánica” normal. Esta estructura sintética significa que el aymara podría transformarse sin dificultad en un algoritmo informático destinado a ser utilizado para traducir de un idioma a otro.
Muchas preguntas surgen sobre los enigmas de Tiahuanaco y pocas son aun las respuestas, por ello se hace necesario continuar las investigaciones sobre el pasado, pero no con visiones cerradas y dogmáticas sino con mentes abiertas. Por ello, se hace imprescindible una nueva generación de científicos que vuelvan a reescribir la historia comenzándola desde mucho más atrás y que prescindan de los dogmas impuestos y que sean guiados siempre por la razón y por los hechos, por la investigación moderna y por los relatos antiguos.





